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La primera – y última- vez que visité Ibiza fue en 2007. Me alojaba en casa de unos amigos que vivían allí todo el año y pasé cinco días de fiesta y alegría. La verdad, recuerdo aquel viaje como muy divertido y, también, relajante. Una verdadera experiencia de desconexión fiestera. Aunque, eso sí, ya entonces me pareció que los precios que se manejaban entonces eran bastante altos, y eso que nos ahorrábamos el hotel.

Hoy día lo único que se ve de Ibiza en los medios son reportajes sobre masificación, abuso desmedido del entorno y locurón burbujil en el sector turístico, de manera que vivir y ganarse la vida de forma permanente en la isla se ha vuelto casi un imposible.

Todo esto viene al hilo de un répor en El Confidencial que habla de la decadencia de los clubes de Ibiza. Las salas míticas atraen a menos gente porque hay mayor oferta -fiestas en la playa, chiringuitos, etc.- y porque la experiencia en las macrodiscotecas tiene menos gancho. Copas a 18 pavos -yo recuerdo haber pagado 13, hace once años-, entradas muy caras -y que no incluyen consumición- y una apropiación del espacio para la gente guapa que actúa casi como barrera de entrada.

Le sumas a eso que los garitos se han aburguesado en lo que a la música se refiere y te sale un cóctel de pochez máxima:

“Rafa de Siria, discjockey y directivo de Ibiza Global Radio, una de las emisoras más escuchadas de la isla. “Antes Ibiza era vanguardia, ahora se apuesta por lo seguro. Hay quince o viente discjockeys que han demostrado de venden tickets y todos los promotores les quieren para sus fiestas. Ya no se hacen contratos de exclusividad con las discotecas, así que los mismos nombres tocan una y otra vez en distintas salas durante todo el verano”.

A mí lo que me gustaba era ir a Space, que ha cerrado ya, por lo visto. Tengo hasta la camiseta para reivindicarme como fan del garito. Pero la noche la empezábamos en los baretos del centro de Ibiza, que te ponían una copa a cuatro leros y te sentías como en Guadalajara. Como en casa, vamos. Luego ya rematabas la faena, pagabas 35 euros por entrar y te fundías la tarjeta en dos rones cola como un desgraciao. Pero era Ibiza y, oye, la resaca te la pasabas fenomenal en Formentera. Que yo me suelo marear en el ferry, pero hacía de tripas corazón.

No se si mi experiencia sería la misma si volviese a Ibiza ahora, en 2018. Probablemente no porque, claro, ahora también es cierto que tengo 35 tacos y no 24, lo cual es un obstáculo importante para el tema de la celebración sin medida (eso hay que reservarlo para Ferias).  Mejor me iría de fiesta a la playa que, por cierto, en aquel entonces sufrió un manchurrón de chapapote de leve intensidad. Ahora el enfangado lo traen los bárbaros adherido al binge drinking y el balconing, se conoce. Casi mejor que este verano nos vamos al río, que Ibiza nos da la risa.

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